No quería hacer números. Mis sensaciones eran buenas a una semana de la prueba. Sabía que tenía el IRONMAN en las piernas, pero... ¿lo tendría en la cabeza? La semana previa a Barcelona entrenaba psicológicamente cómo acometer mi última prueba de la temporada.

En el cuerpo llevaba este año:
- el TriMan de As Pontes (que acabe sufriendo como un perro)
- la Maratón de Sevilla (en tres horas y un minuto: un súper tiempo)
- el Campeonato de España de LD en Pontevedra (mal: me había caído seis días antes en la cicloturista Perico Delgado y tenía la rodilla como un bote)
- el Half de Astorga (en el que coincido con José Tapia, Fran Polo y David Moro: todos teníamos ese medio como test previo a Barcelona).
- ademas: dos tris olímpicos, tres tris sprint, dos medias maratones y dos diezmiles.

El ambiente en Calella era excitante. Las ‘cabras’ rulaban por calles, aceras y pasos de peatones con el habitual sonido de trinquete. Gente, mucha gente guapa y fina, de múltiples países, con el logo IM tatuado en el gemelo, el cogote, el hombro... Y banderas de Ironman Barcelona en bares y terrazas reclamándote atención, ambientaban la cuidad.

Barullo internacional e interracial. De los 3400 participantes sólo 340 éramos españoles. Y de esos 7 veníamos de Salamanca. Fran Polo, Pablo Tapia, José Tapia y yo del Club TriSal, Indi y Fran Blázquez ex Club TriSal y David Moro. Ellos viajaron todos en avión. Tuvieron problemas logísticos hasta última hora para desplazar. Yo opté por transporte terrestre. En la furgoneta cargue doble de todo, porsi.

El despliegue del evento era espectacular. La organización te lleva por la alfombra roja desde antes de tu llegada. La guía del triatleta te explica al detalle los pasos que debes dar. Cómo, cuándo y dónde recoger tu dorsal, qué material debes dejar en boxes, recorridos, fac’s, normativa, novedades respecto a otros años...todas tus dudas las han pensado ellos por ti.

Sin embargo, tenía la sensación de haber comprado un billete low cost. Todo se paga a mayores. Fiesta de recepción para acompañantes, taller mecánico de bicicleta, mochila oficial de la prueba, tratamiento VIP... Lo único que venía de serie era la camiseta finisher, que solo te daban si acababas la prueba (ese debía ser mi objetivo).

La tienda de Merchandising, junto al arco de llegada era terriblemente tentadora. Camisetas, tritrajes, ropa de ciclismo, mochilas... Compro tres camisetas. El símbolo del Ironman estaba estampado con el nombre de todos los participantes de la prueba. Buscando a Wally encontrabas tu nombre en la camiseta.

Si todavía te quedaban ganas de gastar dinero, a la salida de la tienda merchandising, stands de diferentes marcas con todo el material inimaginable para el triatleta de las mejores marcas del mercado.

Ya con el dorsal y la pulsera recogido el viernes, el sábado era el día de colocar la bicicleta y las bolsas azul y roja en la carpa de la transición. Lloverá por la noche y no suministran bolsas para cubrir las bicis, quizá uno de los pocos fallos de la organización.

Había repasado las transiciones infinitas veces. Las haría sin gafas y tenía que buscar referencias. El método de las bolsas ya lo había experimentado en el ICAN de Valencia y en el Cto de LD en Pontevedra. Es mejor sistema que el de la caja junto a la bici. La bolsa azul para meter el neopreno, gorro y gafas y sacar casco, calcetines y zapatillas. La bolsa roja para meter casco y sacar zapatillas, dorsal y visera.

La salida era sistema Rolling Start para los grupos de edad (antes lo habían hecho los pros y los gorros dorados). Salíamos de cinco en cinco, cada cinco segundos. Te debías colocar en un cajón por tu tiempo estimado. Yo elegí el cajón de 1 hora 5 minutos.

El circuito de natación es considerado el mejor de todos los Ironmanes, por los propios participantes, y no les falta razón. Una sola vuelta. Rápido y directo. La temperatura perfecta y el oleaje aceptable. Pero las boyas no son muy altas y no las veo. Me siento como un ciego guiado por un lazarillo. Hago un acto de fe y sigo la estela de otros corredores (seguro que a alguno de ellos lo había abrazado en el acto simbólico en el que nos deseamos suerte justo antes de empezar la prueba).

La transición la visualizo antes de llegar. No hay que ponerse de pie hasta tocar con las manos la arena. Corro sorteando neoprenos. Nunca entendí porque la gente se aprieta tanto nadando para luego ir caminando lento por la transición, perdiendo así muchos segundos. A por la bolsa azul. Referencia: cuarta banda metálica del suelo. Busco la bici: pasillo Y - Z a mitad de barra.

Ha dejado de llover, pero hay charcos al principio de recorrido. Circulo con precaución. Llevo un solo numero en la pantalla del Garmin, el % de Fmax. No puedo salirme del guion, debo rodar 180 km al 85%. El circuito es rápido y cómodo. Unos kilómetros en ligera pendiente hacia el interior, el resto paralelo al mar. Han modificado el circuito de otros años para dejarlo en dos vueltas de 90km. Se acumulan 1000 metros de desnivel. El punto más alejado es el faro de Mongat.

Los triatletas me pasan por encima. No me encelo con ellos. Miro mi % Fmax y sigo a lo mío. A medida que pasan las horas mejora la temperatura pero se levanta algo de viento que sopla de costado.

El ‘sin drafting’ es una quimera. 3000 tíos a 12 metros por tío seríamos una hilera de 36 kilómetros. No me pongo a hacer más cálculos, pero estoy seguro que es matemáticamente demostrable que si desde el primero que sale
al último hay unos 40 minutos técnicamente hablando, no es que el drafting sea inevitable, sino que ademas se genera barullo.

Me obligo a comer. Llevo 6 galletas rellenas de chocolate (Rebuenas de la marca Mercadona, 115 Kcal cada una), un puñado de orejones y otro de cacahuetes salados. Para beber, una botella de agua de 750ml. No geles - No barritas - No bebidas isotonicas. Nunca tomo nada de eso. No paro en los avituallamientos. Lo llevo todo conmigo.

A falta de veinte kilómetros me adelanta Fran Polo. Me anima y se lo agradezco de veras. Le deseo lo mejor. Lleva uno de los cuernos de la bici flojo, pero parece que no le afecta. Rueda alegre y redondo.

Llega la segunda transición. Se entra por el lado contrario, en directa. No hay pasillo de compensación. Una línea en el suelo me sirve de referencia. He dejado una botella de agua pequeña y medio plátano en la bolsa roja. Me lo tomo y a correr. Es mi sector y llego entero.

No miro el Reloj. No quiero saber ni km/h, ni pulsaciones, ni distancia. Solo corro por sensaciones. Así llevo entrenando mas de media temporada. Hay un punto dulce donde puedes ir rápido y cómodo y ese es el que busco.

Adelantó a Pablo Tapia. Tiene madera de campeón. En 2015 hizo en Ironman Barcelona 9 horas 39 minutos: ‘A tus pies, Pablo’. Sin embargo este año no había acumulado kilómetros. Ya me lo comentó en Veracruz. Dudaba poder acabar la prueba. Le pido que venga conmigo a ritmo de 5min/km pero va más lento y dice que tire. Guardo una frase suya en mi cuaderno: ‘lo que no has entrenado antes lo acabas sufriendo en la prueba’.

Adelanto corredores a decenas. La mayoría se paran en los avituallamientos. La carrera hace estragos en cualquier Ironman. Se arremolinan junto a los voluntarios y tapan las mesas. No me dejan coger agua y naranja.

Me adelanta Miquel Blanchart. Va rápido y elegante corriendo. Es su última vuelta. Quedaría tercero de los pros y primer español de la prueba. Lo mantengo a la vista durante unos kilómetros y eso me distrae.

Yolanda, mi pareja, me anima en cada vuelta. No sabe cuanto agradezco su apoyo. Ella hizo que no abandonara en el TriMan de AsPontes y por eso quiero dedicarle un buen resultado en Barcelona.

Kilómetro 21. Peco. Miro por primera y última el Garmin, al poco se acabará la batería. Voy a ritmo de 4:45. Me asusto. Es mucho más rápido de lo que pensaba y decido que tengo que bajar ritmo.

Lucía, mi hija, y yo corrimos junto la San Silvestre Salmantina a ritmo de 7’10”. Fue la mejor carrera de mi vida. Imagino que ella corre a mi lado y me va diciendo que vaya más lento, que no me acelere.

Llegan los últimos kilómetros. Adelantó a Fran Blázquez. Me hace pensar que estoy haciendo un buen tiempo. Hoy no ha tenido su día. El estómago no le ha aguantado. En igualdad de condiciones me llevaría casi media hora. Lamento que no le hayan salido las cosas.

Empieza a llover. Me beneficia. Me refresca. Ahora ya hay mucho triatleta en el recorrido. Se juntan los de primera vuelta, segunda vuelta y tercera vuelta. Oigo al speaker al fondo. Adelantó a Indi, él también ha sufrido de problemas estomacales ¡Vamos, ánimo, que la meta está ahí! No sé el tiempo que llevo, pero el resultado no puede ser malo.

No me he cruzado con José Tapia ni con David Moro durante la carrera. Me pregunto que tal les estará yendo. (Hasta postmeta no supe que ellos también acabaron. Siete de siete, pleno salmantino. Bravo).

Me enfrento al arco de meta. Floto. Me sobra energía, doy saltos. La prueba es mía. Termino sin haber tenido que caminar durante la maratón. Acabo en una nube.

Veo los resultados. Me emborracho. 10 horas 16 minutos. El top 15 de mi categoría (4%) de los 344 inscritos en mi grupo de edad. Con 53 años me siento ilusionado y vital como un chaval. Me imagino el año siguiente saliendo en categoría AWA con el gorro dorado, ¡eso mooooooooola!

Pero al poco me recuerdo que debo huir de las preocupaciones mundanas y no debo sentirme feliz cuando tengo éxito al igual que no debo deprimirme cuando fracaso. Pero soy mortal y por un instante no puedo evitarlo.

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